
Tres adolescentes trepan edificios del barrio alto de Santiago para ingresar a departamentos y robar. Son conducidas por Yasna, la más pequeña y líder del grupo, quien las motiva en medio del temor y la duda. Luego de un tiempo, debido al agotamiento de sus rutinas, la unión del grupo peligra. Ahí en las escaleras de emergencia de un edificio en medio de una cena que arman con un improvisado botín de comida y bebida, Elizabeth y Nicol, dejan claro que quieren tomar un nuevo rumbo en sus vidas. Sin embargo, Yasna la líder no quiere dejar lo que son y se encarga de hacerles ver que sus sueños desde ya están imposibilitados.
La inestabilidad cotidiana es el eje de sus vidas, muchas veces no tienen donde dormir, estar, ni que comer. La sociedad sólo les ofrece lugares de paso, volátiles y efímeros donde se las mantiene marginadas, ignorantes y chocando en un espejo contra su propia realidad que se desmorona a pedazos.
Es así como deciden ingresar a un departamento por última vez, como metáfora desesperada del ascenso. Donde la única imagen nítida de ellas mismas se desvanece en una infancia que las abandona, en medio del barro, los perros, los juegos y los balazos. Recuerdos de ninguna parte en lugares que no son suyos, donde nada tienen, sólo se pertenecen ellas mismas a las niñas arañas.




